Durante la Reforma Protestante de Martín Lutero, la frase del título, que en español significa “la Iglesia reformada siempre reformándose”, se ha prestado a distintas interpretaciones y sin intención de sacarla de contexto capturamos la esencia del “siempre reformándose” para analizar a la Iglesia Evangélica contemporánea, sus formas de gobierno y su correlación con el patrón bíblico.

La Iglesia Evangélica Argentina ha crecido no sólo numéricamente, sino también por los templos locales que abrieron sus puertas para contenerlos. En Argentina, han llegado a inscribirse alrededor de 40 nuevas congregaciones por mes en el Registro Nacional de Cultos, alcanzando un total estimado de cinco millones de fieles en todo el país.

Más allá de la feliz y anecdótica noticia de un desarrollo sostenido de las nuevas comunidades en los últimos años, estos datos otorgan material de análisis en relación a cómo se están manejando estas cifras desde el interior de las congregaciones y sobre qué formas de gobierno están adoptando.

A través de los años, la Iglesia se estableció como una institución que, si bien vivió una serie de modificaciones en su estructura interna (y consecuentes divisiones), mantuvo una esencia organizacional medianamente estable. Si se toma a la Iglesia Católica como ejemplo, es claro que responde a un modelo episcopal para la elección de sus autoridades, patrón que es ampliamente reconocido por tratarse de la religión oficial en gran parte de los países de América Latina. Y sin embargo, a la hora de pensar en la Iglesia Evangélica es difícil asociarla con una estructura definida para todas sus denominaciones, ya que su composición es heterogénea y entre sus modelos de gobierno predominan son dos los que predominan: el presbiteriano y el congregacional.

Cuando hay crecimiento, es hora de revisar

El gobierno en la iglesia primitiva: Un liderazgo plural

Si bien la multiplicidad de formas de profesar una fe en Cristo responde a cuestiones culturales y contextuales en las cuales se va generando, el Nuevo Testamento hace referencia a ciertos criterios que deben tomarse en cuenta a la hora de pensar en el gobierno de una iglesia.

Según la Epístola del apóstol Pablo a los Efesios, el principio ordenador de la iglesia de los primeros tiempos fue establecido por Dios mismo, que “constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros” (Ef. 4:11). De esta manera, y revisando el libro de los Hechos, se hace evidente en el modelo de Iglesia establecida por Cristo, que eran los apóstoles quienes tenían autoridad en el pleno sentido del término, al punto de que sus palabras llegaron a estar en las Escrituras.

No obstante, como explica el Doctor en Doctrina y Estudios Bíblicos Wayne Grudem, en su libro Teología Sistemática, el oficio de apóstol fue encomendado a unos pocos testigos presenciales de la resurrección de Jesús y que fueron directamente designados por Él. De este modo, como aclara en un capítulo dedicado especialmente al gobierno de la Iglesia, la figura inmediatamente mencionada para seguir con esta tarea es la de los Ancianos, cuando señala que Pablo “mandó llamar a los ancianos de la iglesia de Éfeso” (Hch. 20:17).

El Nuevo Testamento da cuenta de que las comunidades eran guiadas por líderes, aunque no en todos los casos se los haya denominando Ancianos, así el libro de Hebreos dice: “Obedezcan a sus dirigentes y sométanse a ellos, pues cuidan de ustedes como quienes tienen que rendir cuentas” (Heb. 13:17). Lo curioso en este caso es que por más pequeña que fuera la congregación, al mencionar su forma de administración, siempre se hace referencia a un grupo de responsables.

La comunidad no es algo que se construye de arriba hacia abajo, sino que se cimenta y se sostiene desde el seno de la misma, en una búsqueda constante de agradar y glorificar a Dios.

Por otro lado, a la hora de pensar en un patrón perseguido por la iglesia primitiva encontramos la perseverancia en la doctrina legada por los apóstoles, perseverancia que se traducía en unión y especialmente en comunión, lo que nos lleva a otro concepto: la Asamblea. En la iglesia del libro de los Hechos, los miembros en su conjunto tomaban parte en las decisiones importantes participando de ellas mediante esta instancia. Un caso emblemático, por ejemplo, es el de la selección del apóstol sucesor de Judas cuando Pedro en medio de una congregación de 120 hermanos hizo una consulta acerca del tema y la intervención de la Iglesia fue crucial en el desarrollo del acontecimiento (Hch. 1:15-26).

Cuando hay crecimiento, es hora de revisar…

Ahora bien, si lo que se busca es pensar a la Iglesia de nuestros tiempos en el contexto de crecimiento expuesto, se hace necesaria una revisión de la misma como organización. La evolución numérica conlleva a una diversificación del perfil ideológico de la congregación, por lo que es imperioso detenerse ante las nuevas demandas y considerar que la existencia de nuevos conversos requiere una comunidad que los contenga y afirme en la fe.

Sólo teniendo en cuenta el panorama nacional, de abierta concertación y diálogo, puede observarse la necesidad de abrir la Iglesia a un proceso de construcción de la identidad. Fomentar la participación de su congregación, incentivando la intervención y el compromiso de todos sus miembros.

Los cristianos como Ciudadanos del Reino de Dios tienen derecho a formar parte del proceso de toma de decisiones en la comunidad local a la que pertenecen como lo hacían los cristianos primitivos. La comunidad no es algo que se construye de arriba hacia abajo, sino que se cimenta y se sostiene desde el seno de la misma, en una búsqueda constante de agradar y glorificar a Dios.

Bajo ningún concepto se trata propiciar una forma anárquica de gobierno, por el contrario, contribuir a generar instancias de asamblea que son vitales para mantener el dinamismo y pureza de una comunidad. El diálogo franco y sincero entre el liderazgo y la membrecía de las congregaciones ayudará a evitar muchos problemas, además de proveer un espacio para que el Espíritu Santo guíe los pasos de la congregación.


*Por Milagros Núñez Baraz.

-Leé la segunda parte de Ecclesia Reformata, en este enlace:

 

Comentarios