Claro está que la Gran Comisión es el mandamiento más importante que recibimos los cristianos. Mandamiento que, claramente, hoy día está en cierta forma relegado. Pero innegable es que la cuestión y el quid del cristianismo reside en ir a buscar al perdido. Esté en la condición que esté, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho.

Me llama poderosamente la atención que Pablo, en su primera carta a Timoteo, afirme que debamos dar gracias a Dios por los gobernantes. Aclaro, que el apóstol escribió estas palabras cuando el emperador de Roma era nada más y nada menos que Nerón. El más tétrico de los emperadores romanos. “Pues él quiere — continúa Pablo—, que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad” (1 Timoteo 2:4). Y el infinito ingenio de Dios hará que cada ser humano, un día, tenga su oportunidad para recibir la salvación y así pasar una eternidad junto a él. Recuerdo aún con gozo la escena de Crimen y castigo de Dostoievski, en la que una prostituta y un asesino leen el evangelio de Juan, el capítulo 11, que habla sobre la resurrección de Lázaro. Todos obtendrán su oportunidad.

Predicamos con amigos dos veces a la semana en Plaza Moreno, en la ciudad de La Plata y los sábados en el Hospital San Martín, y viendo a la gente que Dios me ha hecho conocer y predicarle, doy fe de que él pretende, más allá de nuestros juicios y prejuicios, salvarnos a todos. Me he codeado con asesinos, ladrones, borrachos, drogadictos, prostitutas, etc. Y también, con gente normal. Personas que a nuestros ojos torpes son malas, pero que Cristo las considera dignas de ser redimidas. Todos deben arrepentirse.

Concluyo este breve exordio diciendo que el fin de esta crónica y las que continuarán, es dar a conocer ciertas experiencias que el Señor me ha dado:

Declina la templada tarde en Plaza Moreno, el verano se despide y unas cuantas hojas revolotean a merced del viento. Hay mucha gente sentada en bancos y otras, simplemente acomodadas en el césped. A veces, por cuestiones de timidez o por respeto, sólo me acerco para dejar un folleto en el que comparto a Cristo como vencedor de todos los males; otras veces, dependiendo de la disposición del otro, converso largo y tendido.

Vemos a un grupo de cuatro hombres sentados en el pasto; Carla, una amiga que me acompaña. De lejos se denota que sus condiciones no eran las mejores. Tengo dudas de si acercarme o no, pero caigo en razón de que Dios está desesperado por conquistarlos y él envalentona mi ánimo. Entonces en ese instante ͢me acerco con confianza y seguridad de que es Cristo quien va a obrar.

Saludamos, empiezo a repartir folletos diciéndo que Dios los ama, que a pesar de todo el fatídico presente, los considera y que pretende cambiar sus vidas, por imposible que parezca a nuestros ojos. Uno de ellos, Guillermo, me interrumpe:

—¿Sos evangélico?

—Si.

—Estuve preso hace unos años, porque maté a un tipo, después de cuatro años me largaron.

Junto a él, se encuentra Miguel (de unos 40 años) quien padece una invalidez en los tobillos y en el brazo derecho y Emanuel, un joven de 18 años, tuvo que comenzar a vivir en la calle porque en el orfanato donde vivía, al cumplir la mayoría de edad, ya no lo podía aceptar. Me dicen que no comieron nada en todo el día. Hay un cuarto hombre, pero al terminar el encuentro no sabré su nombre ni volveré a verlo junto a los demás.

Les preguntamos si podríamos alcanzarles algo de ropa; nos responden que sí, pero que seamos fieles y volviéramos, porque ellos iban a estar allí esperando.

Una hora después, volvemos al lugar con ropa, pan y fiambre para compartirles. El hombre que nunca supe el nombre ya se había marchado diciendo que no volveríamos; Guillermo lo había refutado. Emanuel había ido al baño. Mientras tanto Carla, prepara unos sanguchitos.

Algo me llama la atención: Carla entrega el primer sándwich a Guillermo, el segundo a Miguel y el tercero lo deja en el lugar vacío de Emanuel. Ellos, a pesar de no haber probado bocado en todo el día, esperan respetuosamente a su amigo. No tocan los sanguchitos.

Hablamos unos momentos más, mientras cae la noche en la ciudad de La Plata. Nos paramos, nos saludamos, nos abrazamos y nos despedimos. Ellos se marchan hacia la zona de 14 y 46 a un terreno baldío donde duermen.

Comprendo, luego, que la Gran Comisión es un mandato mucho más urgente para Dios que de la manera en que nosotros lo percibimos. Él busca a los perdidos por todos lados, de todas las maneras. Pero debemos estar atentos, descreo de aquellas frases de líderes que dicen que debemos aguardar la oportunidad para predicar, creo que nosotros debemos ser formadores y creadores de oportunidades, de momentos, de escenarios.


Por: Jorge Luis Zárate

Jorge Luis ZarateJorge Luis Zárate nació el 29 de mayo de 1988 en Río Grande, Tierra del Fuego, se recibió de Periodista Deportivo en la Universidad Nacional de La Plata; además es un joven escritor y lleva cuatro obras publicadas, entre ellas un obra de teatro llamada “Engaños de Octubre” y “Catorce rutas y un camino”.

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