El pastor Juan Zuccarelli, es fundador de la iglesia “Cristo la Única Esperanza” y es Asesor de grupos no católicos del servicio Penitenciario. El ministerio se caracteriza por la rehabilitación de los presos a través de la predicación y enseñanza de la Biblia. Los resultados están a la vista: ha logrado una mejor convivencia entre los reclusos y una reducción drástica en la reincidencia. En esta ocasión, Zuccarelli nos cuenta en primera persona cómo fue su experiencia con el ministerio carcelario desde sus inicios.

¿Cómo nació el vínculo con las cárceles y sus integrantes?

Zuccarelli: Jamás había estado siquiera en una comisaría. Realmente yo no amaba a los presos, más bien era de los que pensaba que los presos por algo estaban presos y que a lo mejor hasta se lo merecían. Me costó aún estando dentro de la cárcel llegar a amarlos. Un día pasé por un lugar que le llaman “La Leonera”; entonces entendí que el Señor Jesús me habló: me dijo que Él estaba ahí. Entonces se me hizo vivo el texto “estuve preso y me viniste a ver” (Mat 25: 35-36). Ese día cambió mi actitud hacia ellos. Pude abrazarlos y hasta arriesgar la vida por ellos en más de una oportunidad. En 30 años estuve en motines, amenazas de muerte, quisieron matarme muchas veces…

¿Fue difícil comenzar a predicar la Palabra en ese ámbito?

Zuccarelli: Yo creí que era una locura. Cuando entré no dije “esta cárcel va a ser para Cristo” o algo similar, simplemente me dediqué a hacer lo que creí que Dios me pedía que haga, porque no sabía qué hacer, no había un libro que me enseñara cómo ganar una cárcel para Cristo. Yo tuve el honor de ser pionero, por lo que para mí todo fue prueba y error. Yo no lo diseñé, Dios no me mostró el plan, fue todos los días equivocarse y corregirse.

En el momento en que comenzó a visitar el penal el país estaba atravesando una etapa difícil a nivel político ¿Influyó esto en su ministerio?

Zuccarelli: En el año 1983 recién salíamos de una dictadura militar y nosotros los evangélicos éramos mala palabra para los policías. A mí no me dejaron entrar directamente. Como guardiacárcel fue una lucha al principio, me ponían en los peores lugares. Cuando el Director se enteró que yo era pastor evangélico me mandó cinco meses internado en aislamiento, a veces pasaban hasta 24 horas y no me daban de comer ni me relevaban, y me mandaban a los peores presos. Para mí eran los peores lugares, las peores peleas, sólo por ser evangélico.

¿Por qué evangelizar a los presos?

Zuccarelli: Gracias a Dios la pena de muerte no existe en Argentina; entonces eso quiere decir que todos los presos un día van a salir, y cuando lo hagan quiero que salgan mejor de lo que están. Porque yo pienso en mi familia y quiero que el que esté cerca piense en el futuro y no en dañar a los demás. Yo lo veo como un granito de arena para ayudar a cambiar la Nación, y además bendecir a los que están presos, para que no solamente salgan mejor sino que sirvan en la sociedad. La Biblia dice que “el que robaba no robe más”, primer paso; segundo paso: “ahora trabaje con sus manos”; tercer paso: “para ayudar al que menos tiene” (Efe 4: 28). O sea, ése es nuestro ministerio, no solamente les decimos: “no seas malo portate bien”, sino que los instamos a trabajar y ayudar a los demás. Ese es el mensaje del evangelio para nosotros; de cambio, de transformación y para involucrarse en la sociedad.

¿Cómo funcionan los pabellones cristianos, cómo surgieron y cómo pueden acceder los presos?

Zuccarelli: Conseguir los pabellones fue algo muy difícil, en principio porque no es algo legal. Lo legal es “procesados” y “penados” pero no religioso o no religioso. Surgió porque hubo una crisis cuando un interno se puso a leer la Biblia al pabellón, entonces treinta y dos presos lo violaron. Cuando me enteré estaba destruido, entonces de la preocupación de cómo cuidarlos salió la idea de tener un lugar para ellos. Cuando lo abrimos, pusimos reglas muy estrictas, con horarios y actividades que cumplir. Los presos tienen cultos todos los días, reuniones de oración, ayunos dos veces por semana y vigilias. Por estas cosas es que sigue el avivamiento. Al principio, nosotros seleccionábamos a los que queríamos pasar al pabellón pero más adelante las autoridades mismas nos empezaron a derivar presos. A decir verdad, muchos vienen porque son evangélicos, pero la mayoría viene por temor. Muchas personas nos dicen que los que van al pabellón evangélico van por conveniencia, pero el Evangelio es así, yo fui al Evangelio por lo mismo.

Por: Natalia Pisoni.

Ver nota: “El Valle de los Huesos Secos (crónica de la Iglesia en la cárcel)”.

 

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