En 2º de Timoteo 2: 2 encontramos una frase escrita por la pluma de Pablo que describe a la perfección, y de manera sintética, el método bíblico para el discipulado. Pablo le recuerda a Timoteo: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros”. A este mismo principio se lo puede rastrear en toda la Biblia; es aquél que encontramos en los consejos de Jetro a Moisés o en el mandato de Jesús a sus doce apóstoles, en la llamada “gran comisión” de Mateo 28: 16-20.

Al analizar la frase se puede notar cómo Pablo se asegura que sus enseñanzas sigan adelante en su ausencia y cómo procura que alcancen al menos a tres generaciones más de cristianos. En total serían cuatro generaciones: 1) Pablo enseña a 2) Timoteo y le encarga que éste enseñe lo mismo a 3) “hombres fieles”, que sean aptos para enseñar a 4) “otros”. El método se explica sólo y podría decirse: “enseña de tal manera que tu enseñanza trascienda a varias generaciones”.

El verdadero discipulado es aquél que enseña a un discípulo cómo debe discipular. La misión es trascendente, es mucho más que compartir el Evangelio e incluso más que solamente enseñarlo. También podría decirse que el método nunca es estándar, debe ser personalizado, porque cada ser humano es una “persona”, es decir que cada uno tiene una personalidad diferente ¡Somos únicos!

Es por eso que el método se resume en pasar tiempo de vida. La enseñanza que se transmite es una enseñanza práctica que ayuda al crecimiento de la fe en lo cotidiano y queda marcada a fuego, con mucha más fuerza que la enseñanza de manual, pre-estipulada y despersonalizada.

Aunque muchas veces inadvertido, estos conceptos están claramente descritos en las Escrituras:

Analicemos esta historia: llega la noche y Moisés se da cuenta que es una locura lo que está haciendo; se pasó un día entero tratando de resolver los conflictos de cada uno de los miembros del pueblo de Israel y es Jetro, su suegro, quien le propone una alternativa a su “faraónica” tarea:

Moisés, ¿qué se supone que estás haciendo?

Es que el pueblo viene a buscarme para consultar a Dios.

Esta tarea es demasiado pesada para una sola persona. Dejame darte un consejo… elige hombres honestos, temerosos de Dios y que odien el soborno. Nómbralos jefes de grupos de mil, de cien, de cincuenta y de diez. Ellos resolverán los conflictos sencillos y los más graves serán tuyos.

Esta historia la encontramos en Éxodo 18, 13-26, y de más está decir que Moisés reconoció la importancia de enseñarle a “algunos”, de invertir el tiempo con un grupo reducido de personas que, en definitiva, se encargarían de transmitir las leyes al pueblo entero. De otra forma hubiera sido imposible, e insalubre para todos.

Consideremos también otros pasajes del Antiguo Testamento que pueden traer más luz a este asunto. Veamos, por ejemplo, en Éxodo 33.11, a un joven Josué a quien se lo nombra como “asistente” de Moisés y que años más adelante ocupará su lugar; o en Deuteronomio 4.10, donde leemos: “Reúneme al pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, las cuales aprenderán (…) y las enseñarán a sus hijos.

Algunos otros pasajes del Antiguo Testamento, los podemos encontrar en las sucesiones de mando que se produjeron entre Elí y Samuel (1 Samuel 2.11); entre Elías y Eliseo (1 Reyes 19. 19-21); y entre Eliseo y un discípulo anónimo (2 Reyes 6.15). En todos estos casos, el discipulado va mucho más allá de ser una simple enseñanza metódica o académica; se trata de un seguimiento cercano tanto del discipulador hacia su discípulo como del discípulo a su discipulador.

También abundan ejemplos en el Nuevo Testamento: Juan el Bautista tenía muchos discípulos (Mateo 11.2; Marcos 2.18Marcos 6.29Juan 1.35) que continuaron las enseñanzas de su maestro incluso después de su muerte (Hechos 18.25 y 19.1). Además, vemos a los judíos, que se decían discípulos de Moisés, que enseñaban de generación en generación (Juan 9: 28), y a los fariseos que también tenían sus propios discípulos (Marcos 2.18; Hechos 22.3 5.34).

Por último, las palabras del propio Jesús en Mateo 28:19-20: “Por lo tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todos los mandatos que les he dado“. Este mensaje del Señor es conocido como la “Gran Comisión”, aunque lamentablemente muchas veces termina siendo sólo una “Gran Omisión” para muchos líderes cristianos, tal como sugiere el libro de Willard Dallas.

El líder ausente:

Una de las cualidades de la figura del Mesías para muchas culturas del mundo, es la ausencia; la esperanza puesta en un líder que no está físicamente pero que sí está en una forma simbólica: en la del que “ha de venir“. Pero el peso de nuestro Mesías, Jesús de Nazaret, no radica sólo en su omnipresencia o en la esperanza de que pronto volverá, sino también en el valor de sus enseñanzas, de su Palabra que “no pasará” y del ejemplo que le dejó a sus discípulos para las generaciones venideras (Juan 13.15).

¿Qué hubiera pasado si Jesús se quedaba en la Tierra más tiempo? Seguramente hubiera generado una dependencia hacia él en toda la gente que lo rodeaba, incluso de sus discípulos. Jesús sabía que su misión debía continuar con sus seguidores más cercanos, por ese motivo debía encargarse que sean lo más independientes posible.

Podemos ver en el último discurso de Jesús a sus discípulos, antes de la crucifixión, en Juan 16 y 17, una prueba de la preparación que él realizaba entre los doce para que continuaran con la tarea en su ausencia. Por ejemplo, en el verso 16: 20, el Maestro les asegura que “se lamentarán, pero su dolor se convertirá de pronto en alegría”; o en cuanto a la dependencia, dice: “en ese día, no necesitarán pedirme nada; le pedirán directamente al Padre” (16: 23); también, durante la oración, en el capítulo 17: 9-20, encontramos en Jesús estas palabras: “Mi oración no es por el mundo, sino por los que me has dado (…) Así como tú me enviaste al mundo, yo los envío al mundo (…) No te pido solo por estos discípulos, sino también por todos los que creerán en mí por el mensaje de ellos”.

El “predicado” es mucho más importante que el “predicador”. Si todo lo que sabemos y enseñamos muere con nosotros, si una congregación o un ministerio caen con la muerte o alejamiento de su líder, es porque la enseñanza estuvo pensada para la dependencia y no para el crecimiento de cada miembro ¿Qué hace un líder que no se preocupa en la reproducción de la vida de Jesús entre los miembros de su ministerio?

¿Nuestro ministerio tiene como meta ganar el mundo para Cristo?: entonces, enseñar a la congregación a depender del líder en lugar de enseñar a depender del mismo Dios, es el camino opuesto. No permitamos que la “Gran Comisión” se vuelva la “Gran Omisión”.

El Señor no nos envió a hacer nuevos conversos, sino a hacer “discípulos a todas las naciones”; y la forma del discipulado debe ser cómo Él mismo lo realizó: preparando a un grupo reducido de escogidos, a quienes les encargó hacer lo mismo por otros. Para concluir con estos pensamientos, sería bueno dejar el cierre en las palabras del Profesor de Evangelismo en Trinity Evangelical Divinity School, Robert E. Coleman, que en su libro “El Plan Maestro de la Evangelización“, dice:

“Quienquiera que esté dispuesto a seguir a Cristo puede llegar a poseer una gran influencia en el mundo, suponiendo, desde luego, que esta persona tenga la preparación adecuada. Ahí es donde debemos comenzar, como lo hizo Jesús. Será lento, aburrido, doloroso, y es probable que al principio los hombres ni le presten atención; pero el resultado final será brillante, aunque no vivamos para verlo. Sin embargo, si se considera desde este punto de vista, se hace necesaria una decisión sumamente importante en el ministerio. Uno debe decidir en qué esfera quiere que tenga valor el ministerio: si en la del aplauso momentáneo de la aclamación popular, o en la de reproducción de su vida en unos pocos escogidos que proseguirán la obra cuando uno ya no esté. En realidad el problema se reduce a decidir para qué generación queremos vivir”.

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Por: Sebastián Colotto.

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