La mañana era serena y despejada. Su frescura se sentía más cuando la brisa mañanera acariciaba mi rostro y sacudía suavemente la copa de los árboles, la hierba y mi pelo. Cada tanto cerraba los ojos y me dejaba llevar por el viento; ¿hacia dónde?, no lo sabía, pues de dónde viene y a dónde va no lo sabemos.

En ese mismo viaje, y sin pagar boleto, iban gran cantidad de nubes blancas, tan blancas como el algodón; pero sin alcanzar nunca la blancura de la pureza de Dios.

Yo las miraba pasar, sentado al pie de un molino de viento mientras observaba la lejanía en el campo, hasta que una de ellas llamó mi atención. Parecía estar detenida sobre mí. Entonces, de manera casi infantil me pregunté: “¿desde dónde estará viniendo? ¿por cuántos lugares habrá pasado?”

Como si fueran los ojos de Dios, esa nube había sido testigo desde lo alto de tantas escenas humanas, tan maravillosas como dolorosas:

Así era, la misma nube había pasado sobre la persona vestida con ropa fina y ostentosa, como también personas de ropas sucias y rasgadas; había visto el rostro del niño feliz y acariciado y también el del maltratado; había visto al anciano rodeado de su descendencia y al abandonado; había pasado sobre el hombre próspero y sobre el mendigo; sobre el hombre orgulloso y el humilde; sobre el hombre que camina creyéndose dueño de la vida, y del que espera en su lecho de muerte; había pasado por la tumba costosa y cuidada y también sobre la olvidada.

Ahora esa nube estaba sobre mí, como si fueran los ojos de Dios traspasando mi alma y preguntándome: “¿qué estás haciendo por mí?, ¿cuánto estás dejando por mí?, ¿cuál es tu cuota de sacrificio?, ¿hay algo más importante que yo?, ¿cuánto falta negar de ti mismo?” Casi avergonzado reconocí que estaba en deuda con la persona que más me había amado desde la eternidad.

No sé cuál sea la respuesta de cada uno, pero lo que sí debo decir es que ha llegado el tiempo de permitirle a Jesús que convierta en escombro todo aquello que hemos levantado con tanta vanidad, ambición y preocupación desmedida. Si lo logramos, nos levantaremos un día y al mirarnos en el espejo veremos en él el reflejo del “hombre” que Dios quiere seamos.


Por: Carlos Gustavo Kaín; La Plata, Argentina.

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