La función de la organización es ayudar a los creyentes a ser más efectivos en la misión que se les ha encomendado, pero cuando la misión se hace para sostener la organización, termina siendo un problema.

Esta es una discusión que se ha dado históricamente, no solo en las iglesias sino también en toda organización humana. Tener claro este orden de prioridades, esta primacía de la misión por sobre la organización, es clave para desarrollar un ministerio fresco y dinámico, pero por sobre todo, un ministerio que honre a Dios sobre todas las cosas. Por lo contrario, cuando la organización es más importante que la misión, la institución se erige como un simple pero peligroso ídolo.

La iglesia, como organización, se diferencia de cualquier otra porque no ha sido fundada por un hombre sino por el mismo Señor. Jesús les dijo a los fariseos: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que recorren tierra y mar para ganar un adepto y cuando lo han logrado, hacen de él una persona dos veces más merecedora del infierno que ustedes mismos” (Mateo 23:15). Justamente la carga que los fariseos le imponían a sus adeptos era la de sostener la institución, las famosas tradiciones, lo externo. En este punto, Jesús es muy  claro:

“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente. Ése es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a éste: Ama a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37-39).

Sencillamente, no hay más que hacer, todo lo demás se desarrolló para que el pueblo de Israel pudiera cumplir mejor con esa tarea. Por eso la necesidad de que existan maestros de la ley, las sinagogas y las interpretaciones rabínicas. Hacer la misión en función de sostener la organización y para que esta siga creciendo, sólo puede funcionar en el sentido de conseguir un crecimiento numérico.

Hacer discípulos no es una cuestión de formas sino de contenido, porque la cantidad se suma pero la calidad se multiplica. Las formas son siempre contextuales pero no así el contenido, que es eterno. Muchas de las organizaciones eclesiásticas caen repetidamente en esta contradicción, justamente cuando comienzan a hacer actividades frenéticamente que supuestamente ayudarán a los miembros, pero que en realidad terminan encubriendo la ansiedad de sostener una empresa, que muchas veces no se saben bien cómo, pero que ha crecido mucho por lo que ahora hay que sacrificarse. Pero dar la vida por la iglesia no siempre significa dar la vida por el evangelio.

Dietrich Bonhoeffer, en su libro “El costo del discipulado”, escrito en 1939, explicó esta relación entre el sometimiento a la tarea impuesta y las iniciativas personales:

“Y la obra de Dios no puede realizarse sin una misión; de lo contrario, lo harían sin  promesa. Pero, ¿no es válida en todas partes la promesa y la misión para predicar el evangelio? Ambas cosas sólo tienen valor allí donde Dios ha encargado que se haga. ¿No es el amor de Cristo el que nos impulsa a proclamar ilimitadamente el mensaje? Sí, pero el amor de Cristo se distingue de la pasión y del celo del propio corazón en que se somete a la tarea impuesta”.

Esta es otra de las claves para no caer en una trampa sutil del enemigo, cuando nos dice: “todo lo que hagas y cuanto más hagas para el Señor, será mejor”. Pero la Biblia enseña que es necesario hacer lo que el Señor puntualmente ordena, en el momento y lugar donde él diga. Toda misión requiere de una directiva exacta y toda iniciativa, por fuera de esa misión, no es parte de la misma sino sólo una aventura que no cuenta con el respaldo de aquel que dio la directiva.

La tarea/misión es clara: “vayan y hagan discípulos” (Mateo 28:19). Para entender mejor esta tarea, la Periodista y Doctora en Teología, Nancy Elizabeth Bedford, en su ensayo “La iglesia y el mundo actual”, desarrolla cinco funciones necesarias. Ahora bien, se puede entender que las funciones son simples de llevar a cabo, lo que es difícil y requiere un gran esfuerzo es obedecer el contenido y los desafíos que representan:

1) Proclamación: es indispensable para el discipulado, pero sin discípulos no hay quien proclame, es por medio de la proclamación que una persona inicia su proceso de discipulado. La proclamación tiene como fin último el discipulado de aquellos que han recibido el mensaje. En cuanto a esto, el apóstol Pablo dice: “¿Cómo, pues, invocarán a Aquél en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquél de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de la paz!” (Romanos 10:14-15). Se puede hacer una paráfrasis que ayude en este sentido de la siguiente manera: “¿Y cómo proclamarán sino son discipulados?”.

2) Adoración: el discípulo necesita aprender a adorar y necesita también adorar en comunidad. Principalmente la adoración en la intimidad con el Señor, “en espíritu y en verdad”. El discípulo necesita ver en la práctica y en la vida cotidiana como es una vida que adora a Dios, cómo vive un verdadero adorador. Jesús vivió con ellos y fue de ejemplo en cada área de la vida, debemos enfatizar que la adoración no es un estilo de música sino una conducta, una forma de conducirnos en la vida, las 24 hs. los 365 días del año.

3) Educación: el estudio de la Biblia como palabra revelada de Dios, el hacer teología desde la iglesia local, y la formación de una cosmovisión cristiana del mundo están en primer plano en el ámbito de la educación cristiana, pero también es necesario hacer discípulos que sepan discernir los procesos sociales y políticos, que tengan capacidad para tomar posición en los temas de la agenda social en los tiempos actuales. Discípulos que puedan dar respuesta a las necesidades de nuestro tiempo, con capacidad de conducir procesos sociales, culturales y políticos.

4) Compañerismo: el ser humano fue creado para vivir en comunidad y sobre todo el creyente, quien depende de la vid e interprende de los pámpanos. Este aspecto de la vida cristiana es uno de los más afectados en un sistema mundial que privilegia al individuo por sobre la comunidad. Se han abandonado prácticas comunitarias muy sabias como la de tomar decisiones importantes de la vida cotidiana en comunidad.

5) Servicio: hay tanto que dar y hacer en este mundo carente de amor y sinceridad, como para estar encerrado en un gueto evangélico. Algunos hermanos piensan que se puede servir a Dios solo en el templo. El mundo está necesitado del verdadero servicio cristiano, desinteresado, amoroso y sencillo; que no solo ayuda, que no solo hace caridad, sino que por sobre todo aporta soluciones para todo tipo de conflictos.

La misión es clara, ahora sólo hay que mantener una organización tan sencilla como la sencillez de la tarea lo permita. Más estructuras no equivalen a mejores resultados, muchas veces, menos es más. Es necesario compartir vida, la vida de Jesús con otros. No hacen falta grandes presupuestos, ni grandes edificios para compartir la vida con otros, sólo se necesita tiempo. Para ello se requiere disponibilidad, flexibilidad, amor, compasión y entender que el cristiano es colaborador. No se puede inventar nada nuevo. El llamado de Dios es para colaborar en algo que él ya estaba haciendo. No hay pioneros ni únicos, sólo gente dispuesta que está esperando la oportunidad de parte de Dios y el privilegio de colaborar en su magnífica obra. Que seamos colaboradores significa que ni la obra, ni la organización, ni la institución nos pertenecen, sólo la responsabilidad de llevar a cabo la misión. “Porque nosotros somos colaboradores en la labor de Dios y ustedes son campo de cultivo de Dios, edificio de Dios” (1 Corintios 3:9).


Por: Leandro Berguesi.

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