“Ninguna otra fragata nos lleva a todas partes como el libro.” (Emily Dickinson).

Como cristiana, la Literatura completó mi conocimiento del  mundo que se desarrollaba más allá del patio de mi casa y estos saberes no hicieron más que confirmar mi decisión de andar por el Camino Estrecho que señala la Palabra de Dios.

La Literatura es, básicamente, un divertimento, porque no se puede transitar por ella sin ganas, sin expectativas de pasar un buen rato –aun cuando  entristezca o asuste-.

Leer deja huellas, muchos libros marcaron rastros en mí desde la adolescencia, desde la primera novela sin ilustraciones que leí a los nueve años: Las Aventuras de Tom Sawyer, en versión original. A partir de ahí pasé por los piratas del Caribe y de la Malasia, viajé por todo el mundo y también me inmiscuí en tragedias y comedias de la vida en el ámbito familiar de los March,  los Copperfield, los Bennet,  los Buendía, una tal Holly Golightly,  los Karamazov,   los  Malavoglia,   Doña Flor,   la Maga y el incomparable Alonso Quijano.  La lista no termina acá, pero puedo poner un punto para  seguir reflexionando acerca de mi comunión con las buenas páginas leídas, que no me apartaron de mi comunión con Cristo.

¿Cómo ese mundo lejano a mi cotiadianidad  pudo abrirme los ojos a la desazón, el dolor, la injusticia que padecían tantos seres humanos? A través de la tranquila lectura de los libros, la palabra libro proviene del latín “liber”, que quiere decir quitar la cáscara, descortezar un árbol…  y así,  sin salir de mi casa,   pude “descortezar” las vidas de otra gente e intentar comprender sus mundos tan ajenos al mío…

Uno de esos ejemplos puede ser el cuento de Juan Rulfo, “Es que somos muy pobres”, donde podemos ver la trágica vida del campesino mexicano en la que nadie escapa a un destino despiadado, donde las muchachas son condenadas a una vida inmoral por falta de dinero, donde la naturaleza -sequías o inundaciones -hace insoportable la vida de los pobres. En este mundo grotesco se pierde toda perspectiva moral, la pobreza forzada y la desidia de los gobiernos parecen aliarse para destruir a los campesinos. El cuento nos enfrenta a la muerte moral y espiritual de una familia y con ella aprendemos algo más del mundo que nos rodea.


*Patricia Sampaoli de Bonacci es escritora y docente investigadora en la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, especialista en Patrimonio Cultural. A los 14 años aceptó a Jesús como su Salvador Personal.

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