Basado en los versículos 5 y 6 del capítulo 10 del evangelio de Mateo, el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, explica en uno de sus libros más reconocidos: “El precio de la gracia“, la importancia del llamamiento que Dios hace a cada creyente en particular. El autor pone el énfasis en la “misión”, teniendo en cuenta que la misma no se lleva a cabo sólo por amor a los perdidos, sino más bien por amor a Dios. Lo importante no sería ir donde nos impulse el corazón, ya que Dios nos puede enviar a sitios donde no nos sintamos del todo cómodos. En el texto que sigue, queda en evidencia que nuestra misión es estar sometidos a “su” misión:

“A estos doce envió Jesús, después de haberles dado estas instrucciones: no toméis el camino de los gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos mas bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt.10, 5.6)”.

Los discípulos, como colaboradores de Jesús, dependen en su actividad de las claras órdenes del Señor. No se les deja libres para concebir y realizar su tarea. La obra de Cristo, que han deponer en práctica, obliga totalmente a los mensajeros a seguir la voluntad de Jesús. Sobre todo a ellos, que tienen por misión este mandato y están libres de propios cálculos y pareceres.

Ya la primera palabra impone a los mensajeros una limitación en su trabajo, que debió resultarles extraña y dura. No pueden elegir por si mismos el campo de operaciones. Lo importante no es el sitio adonde les impulsa su corazón, sino el lugar adonde son enviados.

Con esto queda totalmente claro que la obra que han de realizar no es la suya propia sino la de Dios ¿No resultaría más seductor acercarse a los paganos y a los samaritanos, ya que estaban especialmente necesitados de la buena nueva? Aunque fuese cierto, no es esta la misión. Y la obra de Dios no puede realizarse sin una misión; de lo contrario, lo harían sin  promesa.

Pero, ¿no es válida en todas partes la promesa y la misión para predicar el evangelio? Ambas cosas solo tienen valor allí donde Dios ha encargado que se haga ¿No es el amor de Cristo el que nos impulsa a proclamar ilimitadamente el mensaje? Sí, pero el amor de Cristo se distingue de la pasión y del celo del propio corazón en que se somete a la tarea impuesta.

No es por amor a nuestros hermanos o a los paganos de países extranjeros por lo que les llevamos la salvación del Evangelio, sino por amor a la misión que el Señor nos ha impuesto. Sólo la misión nos muestra el lugar en que se encuentra la promesa. Si Cristo no quiere que yo predique aquí o allá el Evangelio, debo abandonarlo todo aferrarme la voluntad y a la palabra del Señor. De este modo, los apóstoles quedan ligados la palabra, la misión. Únicamente deben encontrarse allí donde les indica la palabra la misión de Cristo.


Autor: Dietrich Bonhoeffer.

Libro: El precio de la gracia; el seguimiento. Ediciones Sígueme – Salamanca, 1986. Tercera Edición.

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