La mañana del primero de mayo se presentaba lluviosa en Barcelona, la primavera iba vistiendo de renovados retoños las raquíticas ramas de los árboles. Pero días de agobiante calor fueron sucedidos por algunas tormentas que se mantuvieron a lo largo de varios días.

Manolo Rodríguez despertó oyendo el copioso golpe de miríadas de gotas que chocaban contra el techo de su casa ubicada en el centro de la ciudad, a unas pocas cuadras del Palau Sant Jordi. A decir verdad, su despertar es tedioso, como su dormir. Sea el sueño o la vigilia, sus nervios estaban crispados de manera constante. ¿Cuál era la razón? Sabía que pronto llegaría la carta de desalojo. La deuda de su hipoteca era imposible de saldar y perdería su casa. Su hogar ya lo había perdido, cuando hace dos noches discutió con su esposa Ana y esta se marchó a la casa de sus padres, junto a sus dos hijos. Por lo tanto, aquel cielo gris coincidía con el ánimo de Manolo. Un extraño consuelo sintió cuando pensó esto. Algo, desde su cama, no suponía. La carta estaba ya depositada en su buzón.

Para el desayuno tomó unos cuantos sorbos de café y comió el último bocado de pan. Hacía todo maquinalmente, como mirando a la nada, perdido en su aciago presente. Alguien tocó el timbre, fue a la puerta, la abrió sin preguntar pero ya nadie estaba allí. Volvió a sentarse en la mesa, colocó sus codos en la mesa, y apoyó su pera en las palmas de sus manos. Estuvo así alrededor de unos quince minutos, pero a él no le importó si pasaba rápido o no el tiempo, estaba fuera de él. Volvió a sonar el timbre, fue con un poco más de prisa a la puerta y, abriéndola, no había nadie allí. Retornó a la cocina, lavaba la taza de café cuando, una vez más, oyó el timbre. Fue corriendo con ímpetu a la puerta, creyendo que todo se trataba de una broma de un chiquillo inoportuno. Abrió la puerta, nadie. La cerró fuertemente y por la hendija de la parte inferior voló un papel. Lo tomó y leyó: “Festival de la Esperanza – 1 y 2 de mayo – Palau de Sant Jordi – Jesús te ama”. No le dio importancia. Alzó sus ojos al cielo, y dijo ensoberbecido: “Si quieres que me humille a tus pies, tendrás que hacer un esfuerzo más grande para que doble mis rodillas”. Acto seguido, revisó el correo. Tomó la carta de desalojo, la leyó con gran pesar e ira. Nunca creyó que la crisis en España le afectaría a él. Qué maldita tendencia es aquella del ser humano en creer que los dolores del prójimo nunca llegarán a nosotros, como si estemos exentos de algo. El juez iría una hora después para efectuar su desalojo. Apretó en su pecho la carta, dobló sus rodillas y lloró amargamente.

Un pensamiento atravesó su mente como el arcoíris el cielo después de la lluvia. Sonrió macabramente; le pareció que aquello que cavilaba era una dulce y justa venganza. Bajó al sótano, tomó una maza y (sin hacer uso de extensas descripciones) destruyó su hogar. Rompió mesadas, muebles, ventanas, paredes. La ira enrojeció sus ojos, las venas marcadas en sus brazos y el corazón acelerado también eran motivo de aquel enfermizo sentimiento. Como si nada, se marchó de su casa para no volver. 

Caminó por la avenida y oyó un murmullo de música. Le agradaba. Su rostro denotaba contrariedad: aún su alma sangraba el dolor de perder su hogar pero su corazón disfrutaba la venganza perpetrada. Lo sedujo aquel coro que se oía, provenía (sin que él se dé cuenta) del Palau Sant Jordi Luego, una gran cantidad de aplausos que se oyeron ininterrumpidamente por varios minutos, hasta que, al final, él mismo cercioró que aquellos vítores provenían de aquel lugar. Manolo no cayó en razón de que nunca, en realidad, pensó en entrar o no al lugar. Simplemente, ya se encontraba allí.

Un predicador se paró delante de una multitud y comenzó a hablar. Manolo oyó con atención. Sin darse cuenta, su corazón era un recipiente que iba recibiendo agua. Su sed se calmaba, sus ansias se sofocaban ante la palabra “no de hombre, sino de Dios”, dijo después. Estaba estremecido todo su interior, su garganta se anudaba, y sus ojos, más tranquilos, brillaban ante unas lágrimas que brotaban. “Vengan a mi todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”. Algo llamó la atención a Manolo. Ese “todos” que hablaba Jesús, lo incluía a él. Y eso lo alegraba. Pero la incredulidad luchaba y se preguntaba: “¿por qué Dios se fijaría en mí o le importaría yo que siempre le brindé mi espalda?” y el predicador, que parecía responderle a él, decía en ese momento: “G. K. Chesterton una vez escribió: ´Todos los hombres son importantes. Usted es importante. Yo soy importante. Es lo más difícil de creer en la teología´”.

El mensaje, conciso y certero, había calado hondo en el corazón de Manolo. Todos sus pensamientos variaron en una prédica de unos minutos. Concluyó el predicador con Habacuc 3:17-19 y allí terminó por derretirse el interior de Manolo. Dios se había dado a conocer. Las dudas se disiparon como niebla matutina y luego, rodeado de otras dos mil personas que consagraban sus vidas a Cristo, comprendió que viviría para Él y recuperaría el amor de su esposa y de sus hijos. Así se lo prometió a Dios. Él sonrió satisfecho.

Sobre el suelo del Palau Sant Jordi, un hombre estaba solo. Las luces lo iluminaban,  estaba arrodillado, llorando, delante de Cristo. Recordó que le había dicho a Dios que debería esforzarse más por hacerlo doblar sus rodillas. Temió por haber dicho eso, y se arrepintió; agradeció la gracia divina y se quedó así, solo en el Palau Sant Jordi, junto a Dios.

Es que, a decir verdad, más de 1700 personas se entregaron entre el 1 y 2 de mayo en aquel mítico lugar de Barcelona, pero Jesús le agrada la exclusividad. Y entre la muchedumbre, vivió a solas Su reconciliación con más de 1700 personas.


En España, desde el año 2008 se han efectuado más de 600 mil procesos de ejecución hipotecaria según las estadísticas que maneja el Consejo General del Poder Judicial español publicadas en un informe presentado por Amnistía Internacional.

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