Observé a la orilla del mar a un rutinario y caí en razón de cuán extenso y profundo era su mal. Él estaba sentado, a las vísperas del alba, vigilando la salida del sol. Cuando este salió, aquel hombre bostezó y, sereno, dijo: “fue algo tan simple como ayer, como lo será mañana”. Él se fue caminando a un ritmo cansino con las manos en su espalda. Subió la más alta montaña y observó todo con detenimiento, entonces dijo: “los vientos son absurdos, jamás harán algo más que soplar de norte a sur, o girarán hacia el norte para, desde allí, volver a soplar. Esto es lo más absurdo”. Se marchó y caminó a lo largo de un río hasta que este dio en el mar. En ese punto se detuvo y, hastiado, afirmó: “los ríos dan al mar pero este jamás se sacia y a su punto de origen se dirigen presurosos los ríos, para, desde allí, volver a fluir”. Se detuvo, y tras meditar unos instantes en silencio, alzó sus manos y gritó: “¡nada nuevo hay debajo del cielo!”. Hasta allí lo seguí y descubrí que este rutinario me había amargado el ánimo. El problema no fue del sol, ni del viento, ni del río, sino que este hombre había perdido la capacidad de asombro. La rutina fue un veneno que circuló por sus venas y, una vez llegado al corazón, su efecto fue mortal.

Ilustración, Más allá de lo absurdo

Por: Jorge Luis Zárate.

Dibujos: Nelson Samuel García.

 

 

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