Hombre soy, nada humano me es ajeno —Terencio.

¿Por qué no nos mostramos a los demás como somos? ¿Por qué nos sentimos solos entre tanta gente, aun en medios donde se supone que nos amamos y nos recibimos? ¿Por qué no volver a estar como Adán frente a Eva, sin nada que ocultar? ¿Por qué usamos máscaras? En esta ocasión, intentaremos responder a estas preguntas con algunos pensamientos.

Un gran factor podría ser la vergüenza. Donde existe la vergüenza, existe el miedo al qué dirán. El miedo al rechazo, a no ser agradables, a ser inaceptables frente a los ojos de los demás. Muchas veces pareciera que estamos ansiosos tratando de sumar puntos para ganarnos el favor de los otros. Como si estuviéramos acostumbrados a lo condicional, a dar excusas. Por eso usamos distintas máscaras. Así como también solemos pedir explicaciones e interrogamos de forma evaluativa, y terminamos haciendo que los demás usen sus máscaras con nosotros.

Otro factor en el que podemos pensar es en la amenaza. La amenaza que representa para nuestro esquema interno lo que el otro trae de si mismo. La resonancia que tienen dentro de nosotros las palabras de los demás. Es automático: si alguien hace esto o aquello, ¿no debería yo hacerlo? A modo de ejemplo, si nunca nos permitimos sentir tristeza, es posible que —quizá hasta con un gesto— ejerzamos cierta censura sobre el que se siente así, porque de alguna manera nos recuerda eso que no nos permitimos experimentar. Lamentablemente tenemos más dogmas de los que deberíamos: “Los hombres no lloran”, “No es para tanto”, son algunos de los esquemas que nos impiden aceptar a los demás. Así, nos damos la espalda a nosotros mismos y a otros. En otras palabras, no nos amamos y por ende no podemos amar a los demás. Si no podemos aceptar nuestros lados oscuros, ¿cómo podremos reaccionar frente a las partes oscuras de los demás?

Dios tiene esto en claro. Es por eso que asombra lo que hace cuando Jesús fue bautizado por Juan. El relato cuenta que una voz se escuchó desde el cielo. Dios pudo haber manifestado muchas cosas, pero elige decir lo siguiente: “Este es mi Hijo. Yo lo amo mucho y estoy muy contento con Él” (Mateo 3:17 — Traducción Lenguaje Actual). Dios no le dijo a Jesús —y a todos los que estaban ahí— que lo amaba por sus cualidades, virtudes y logros. ¡Justamente fue antes de iniciar su ministerio público! Sencillamente le dijo que lo amaba. Imaginemos la ternura con la que Dios debe haber pronunciado aquello. Esta afirmación transmite paz y una plenitud interna de saber que así como a Jesús, Dios nos ama sin condiciones. Dios no espera que sumemos puntos o méritos para ser aceptados. Sus bendiciones no son por nuestro esfuerzo, son por su gracia.

Si somos capaces de ser representantes de Dios, vamos a ser capaces de mirar al que tenemos al lado y podremos decirle que lo amamos sin importar lo que haga o deje de hacer, ya que nunca lo vamos a abandonar, ni nos vamos a asustar de su humanidad, porque nosotros también somos humanos. Aunque eso no significa que vamos a dar via libre al otro para que haga y deshaga. Si vemos algo que nos disgusta del otro o que creemos que está mal, no deberíamos apresurarnos a corregir. Es muy posible que ese impulso de querer cambiar al otro no sea motivado por la búsqueda de su bienestar, sino por una intolerancia a su realidad. Además ¿es profundo un cambio que sea producto de la presión? ¿No sería mejor que sea el fruto de una elección? Mejor, lloremos con quien llora y riamos con quien ríe. Si logramos esto, vamos a poder mostrarnos tal cual somos: sin máscaras. De esta forma, estaremos más permeables a un verdadero cambio, un cambio profundo.

Pero la propuesta no es un mero cambio conductual. Ni se puede lograr en una serie de pasos específicos. Sino que es un cambio paulatino que no se detiene nunca y que debe comenzar por reconocer nuestra propia indigencia y vulnerabilidad. Es ahí cuando las jerarquías caerán y podremos empezar a mirarnos como iguales. No como idénticos, sino como igualmente necesitados de la gracia de Dios.


Martin PaybaMartin Payba Adet: Es médico, recibido en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de La Plata en Argentina, donde realizó estudios de posgrado de Psicoterapia Cognitiva Conductual.

 


 

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