Sabido es que todas las personas valen, que para todas Dios tiene un propósito más allá de su pasado o presente. Que nuestros cabellos están contados es una frase inmarcesible que demuestra el cariño con el que Cristo nos ama y nos cuida. Pero en realidad, ¿somos conscientes de lo que significa que Dios tenga un propósito para cada persona? ¿Nosotros lo creemos así? ¿Caemos en razón de que hay un plan para el ebrio, el asesino, el violador, el pobre, el solitario? ¿No debería ser – en caso de creer esto – urgente nuestra predica y acuciante nuestra búsqueda de ellos? Así decía G. K Chesterton: “Todos somos importantes. Tú eres importante, yo soy importante. Es lo más difícil de creer de la teología”.

El ministerio Watoto, de Uganda, es un programa de cuidado integral para niños huérfanos y mujeres en estado de vulnerabilidad. El propósito de dicho programa es rescatar al individuo, levantarlo como un líder y así, uno a la vez, reconstruir su nación.

Los cuidados incluyen todas las áreas de la persona, desde el físico (incluso intervención médica en casos de HIV), educación y disciplina espiritual. Apunta a que la persona desarrolle excelencia académica, integridad en la conducta y en valores morales, para que cada uno sea edificado como un cristiano responsable y un ciudadano productivo.

Se ha hecho viral, en las últimas semanas, un video en el que se ve al coro que pertenece al ministerio Watoto, donde los niños (tal como se viene haciendo desde 1994) relatan en bellas canciones sus historias y cómo el Señor, a su tiempo y a su forma, los rescató. Incluso Chris Tomlin, reconocido cantor cristiano, afirmó: “Cantar con niños huérfanos quienes han tenido unas vidas tan desafiantes y han estado trabajando con Watoto, ha sido una de las alegrías más significativas de mis últimos años”.

La fidelidad de Dios es eterna, tal como su palabra. Y hoy, 3000 años después de haber sido escrito el salmo 27 por el rey David, sigue el Señor dando cumplimiento, por su amor y misericordia, a lo dicho en el versículo 10: “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá en sus brazos”.


 

Por: Jorge Luis Zárate.

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