No puedo dejar de ver en mi entorno y por fuera de él, violencia hacia la mujer. No hace falta hacer un examen demasiado exhaustivo de la sociedad en que vivimos para tomar conciencia de esto. Sin embargo, en esta ocasión no voy a referirme a los casos evidentes que están representados por el femicidio y por otras formas de violencia física. Hoy quiero detenerme a denunciar el machismo que se mantiene flotante, que se siente en el aire de muchas familias cristianas. Y aún más, quiero denunciar el machismo que no solo se ve, sino a uno de una peor clase, aquel que se fomenta en las iglesias cristianas. Me canso de ver referentes que impulsan un modelo de varón con un estilo autosuficiente, indolente, poco demostrativo y que hace gala de su masculinidad con un lenguaje desapegado de emociones. Varones que se muestran ante los demás como alguien al que nada le afecta, una pose por otro lado que pareciera responder a mecanismos compensatorios de una baja autoestima que a de auténtica hombría. Del mismo modo observo mujeres que tienen que recurrir a terceros para quejarse de sus problemas conyugales vinculados a la sujeción —que siempre resulta unilateral por supuesto— mientras adhieren a la idea de que deben sujetarse porque así debe ser. Esa pequeña palabrita que tanto les gusta a esos hombres que se aferran a una carta del apóstol Pablo, totalmente desprovista de su contexto.

Desde ese lugar se comportan como tiranos. Hombres que aplastan a sus mujeres y hacen de su hogar un hotel, un lugar de paso para luego salir a ser estrictos con sus rigurosas agendas extrahogareñas: todo resulta una prioridad, menos su hogar. Mientras tanto las mujeres —muchas veces además de llevar adelante su jornada laboral—, quedan a cargo de los chicos, la tarea para el colegio, el bebe que llora, la pila de platos sin lavar, la ropa sin tender, el baño sucio, el pasto sin cortar, el piso sin trapear, preocupaciones, dudas, pedidos, reclamos, deseos y proyectos sin ser escuchados. Mujeres que terminan aplastadas y olvidadas. Estas son las mujeres que están rodeadas de hombres que solo saben chuparse el dedo y salir a jugar con sus amiguitos para mostrarse mutuamente quién entre ellos tiene los músculos más grandes. Mientras tanto, ven en el rol de la mujer a la madre que corre tras sus hijos juntando sus medias sucias. Todo esto en resumidas cuentas se destila de una simple creencia del varón: se hace lo que yo digo (o de no ser así, quiero que los demás lo piensen).

Sin embargo hay quienes son más sutiles. No todo está dentro de esta caricatura del macho. No siempre el machismo es el pecho inflado y el puño en alto. El machismo está también (y no menos grave) en el esposo que “escucha” a su mujer, pero que finalmente ignorará todo aporte. Que parecerá santo al priorizar las tareas eclesiásticas porque Dios está primero y relegará a su mujer, lo cual es una contradicción brutal. Si, brutal. Porque es brutal esa manera de concebir al mensaje de Jesús donde claramente la prioridad es lo más cercano, es decir la familia. Cumplir el primer mandamiento no es un rito, es amar a Dios, y al igual que Jesús, amamos a Dios sirviendo a otros.

Pero, aunque una descripción más minuciosa podría correr el velo de las conciencias, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Ahora volvamos a uno de los núcleos del problema. Esa pequeña pero famosa palabrita a la que me remitía más arriba es sujeción. “Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor” dice el famoso versículo de Efesios en el capítulo 5. Sin embargo, ya con el versículo anterior tendríamos argumento suficiente para hacer temblar lo que se pretende hacer decir a la enseñanza paulina: “someteos unos a otros en el temor de Dios.” (Efesios 5:21). Es decir, el mandato es bilateral, con la salvedad que la mujer debe hacerlo hacia su marido como hacía Jesús mismo ¿Y por qué esto? La respuesta está en los versículos siguientes: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia”. Es decir, el mandato de sujetarse es para ambos, pero la mecánica de esta sujeción está provista por su contexto. La mayor carga de responsabilidad está puesta sobre el varón. Él debe ser el Jesús de su hogar y en esto Pablo es consistente con el mensaje de Jesús: esto se logra amando ¿Y cómo amó Jesús? Y aún más, ¿qué dijo Jesús sobre el matrimonio?

Encontramos esto en la forma en la que amaba Jesús. El no imponía su poder, sino que más bien se comportaba como siervo. Tampoco luchaba por el control. Jesús sabía escuchar, era compasivo, prudente y atento. Jesús ponía a quien amaba en primer lugar ¿No hay ya en esto algunas diferencias con el modelo anterior, egoísta, infantil, caprichoso y deseoso de exhibir su dominio? Entonces, cuando leemos que el hombre es la cabeza de la mujer (Efesios 5:23), ¿estaremos interpretando la palabra cabeza en términos humanos y no en términos espirituales que tendrían como marco referencial a Jesús mismo? ¿Podremos quitarnos de la mente la asociación entre cabeza y autoridad inducida por nuestra cultura del poder y, conociendo a Jesús mismo, poder otorgarle el significado apropiado?

Para finalizar me remito, ahora sí, a lo que Jesús pronunció explícitamente acerca del vínculo matrimonial: “Serán una sola carne”. Cuando un matrimonio se une comienza un proceso en el cual, aunque se conserva la individualidad, se gesta un sano nosotros. Nosotros que decidimos juntos, que dialogamos y llegamos a un acuerdo, que velamos por las necesidades de ambos, que priorizamos nuestro bienestar, que tenemos nuestras virtudes y defectos, que asumimos roles de mutuo acuerdo. Esa es la belleza y el milagro del matrimonio sano, la armonía donde no hay jerarquías como en los poderes de este mundo, sino dos seres que dan muestra del misterio espiritual que ocurre entre Jesús y sus seguidores: se hacen fuertes siendo uno. Que Dios nos ayude a nosotros los que somos esposos a llevar esto adelante. Mujeres, que Dios las ayude a no rendirse frente a sus maridos, a no caer en la tentación de dejar de confrontar, de buscar el diálogo, de buscar a esos varones que se esconden. Ruego a Dios, que no caigamos en la alergia al conflicto que hoy tiene la sociedad actual y nos animemos al diálogo, al compartir, al disentir y al construir, porque en definitiva esto es parte de ser una sola carne.


Por: Martín Payba Adet.

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