Por: Fabian Sandoval.

El mundo está atravesando por un proceso de cambio, algo inimaginable hace unos pocos años, no solo en cuestiones del medio ambiente que hoy es una de las grandes preocupaciones para los habitantes del planeta azul, la reconciliación entre los pueblos y dejar de amenazarnos entre hermanos también es un tema que ocupa las principales agendas de mandatarios y organizaciones que buscan la tan anhelada “PAZ”. Pero qué significa para los cristianos y para el resto de integrantes de la sociedad conseguir la Paz, qué simboliza y encierra esa pequeña palabra, sencilla de escribir y difícil de alcanzar.

La descripción perfecta la encontramos en Eclesiastés 3:8,  “hoy amamos, mañana odiamos; hoy tenemos guerra, mañana tenemos paz” (TLA). Este fragmento del versículo nos enuncia lo que somos como sociedad, como raza libre de pensamiento y creyente de ser superior a su Dios e indestructible como él; donde pasamos por ciclos, una sociedad volátil que un día ama y que al otro día odia. El afán de poder, riquezas y de conseguirlas por encima de los demás sobrepasa el entendimiento de alcanzar el amor verdadero que nos llevará a la paz estable y duradera, donde la reconciliación como sociedad se pueda dar y donde podamos también encontrarnos con nuestro entorno natural, respetar la vida salvaje y luchar por mantener en equilibrio nuestro hogar, nuestro mundo; estar en paz con todo lo que nos facilita vivir.

El primer paso para empezar a obtener la paz es reconocer que desde nuestras familias tenemos diferencias marcadas y que debemos disolverlas con tolerancia, respeto y amor, teniendo el diálogo y las enseñanzas de Cristo como base para crecer juntos y así, desde el seno fundamental de la familia como esa primera institución que fundó Dios, empezar el proceso de cambio.

De esta manera podremos estar listos para esparcir las semillas fértiles en todos los demás, sean nuestros amigos, miembros de la iglesia o un desconocido al cual le entregamos Paz con un saludo o una simple sonrisa. Jesucristo, al subir a los cielos después de su resurrección no se llevó consigo la paz y la reconciliación, él la entregó a cada uno de nosotros representados en los discípulos, para que facilitáramos su buen uso y la pudiésemos entregar al resto del universo, sin contraprestaciones, sin buscar poder o riqueza por llevarla.

Juan 14:27 dice: “la paz os dejo, mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da” (RVR 1960) y de estas palabras se desprende toda la ideología de paz que pudiéramos encontrar en los libros más avanzados sobre el tema. Se trata de una paz única, incomparable, esa que nos hace nacer nuevamente y pensar que si es posible abrazar a nuestros hermanos sin importar las diferencias que existan. Dejar de malgastar el tiempo en buscar paz y felicidad en cosas que no la entregan y buscarla en el único que ama de verdad: Cristo. Muchas veces buscamos la mitad de nuestra paz fuera de nosotros, sin saber que Cristo, al despedirse, no solo nos entregó la paz, también nos dejó completos en el amor y la unidad del Espíritu Santo.

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