El sol otoñal, brillante pero escuálido, se esparce por los pasillos del hospital San Martín en la ciudad de La Plata, a través de las ventanas. La luz que penetra es fría, desolada. A través de aquellos corredores se respira una atmósfera acongojada, un ambiente fétido de soledad y desamparo. Pero aún en esa desolación Dios se hace presente. Como una contrariedad a ese Dios que a veces estamos acostumbrados, aquel de quien quieren hacernos creer que vive encerrado en cuatro paredes. Es imposible que el evangelio muera, a pesar de que costumbres, tradiciones y estructuras han querido ahogarlo. 

Es sábado y el reloj da las tres de la tarde. Comúnmente nos acercamos, habitación por habitación, compartiendo y orando por las personas. Creo, humildemente, que no hay lugar más fácil dónde predicar el evangelio; no conozco otro sitio donde la gente esté tan dispuesta a oír de Dios y, a pesar de su adversidad, agradecer. Pero este sábado es especial. Estoy solo. Mis compañeros por diferentes razones no han podido acudir. Entro a la habitación número 4 donde se halla mi amigo Aníbal. Lo saludo con un apretón de manos. De pronto, él habla. Hace 8 meses que lo conozco pero siempre se hacía entender a través de señas. Su voz es baja y difícil de comprender, pero aguzando el oído, logro captar lo que quiere decir.

Por primera vez oigo de su propia boca lo que otros me habían relatado: que tuvo un accidente en auto hace unos tres años en el que murieron sus padres; que su secuela es una hemiplejia; que sus hermanos lo abandonaron en aquel hospital y no lo han visitado en mucho tiempo. El alma de Aníbal está desgastada, rasgada por el dolor y el abandono. No obstante, su buen humor es inmarcesible. Tras relatarme todas estas cosas, con la mirada en una pared blanca, afirma: “Dios no me ama, él me castigó”. Trato de refutar esa idea, pero Aníbal sigue terco en su pensamiento.

Lo apesadumbra el hecho de haberse caído la noche anterior, el golpe brusco le hizo creer que no sobreviviría. Simplemente quería ir al baño. El médico le dijo que no volvería a caminar. Acto seguido, dice algo que no llego a comprender, por lo que le pido que lo escriba. Toma su lapicera, un cuaderno, lleno de cosas que quiere o necesita. No llego a leer lo que va escribiendo por lo que debo aguardar a que finalice. Dando vuelta el cuaderno, leo: “Dios castiga pero no muestra el rebenque”. Su ánimo se va trizando como un espejo que recibe un golpe. Su alma es aquel espejo roto que solo un milagro podrá volver a componer. Sigue diciendo que mejor se hubiera muerto porque ya no aguanta estar en aquel hospital. Se anuda mi garganta, es que nadie puede entender la desesperación, la tristeza, el desconsuelo de aquella alma, de aquella vida que de un momento a otro se hizo añicos.

Luego de dos horas, me marcho. En mi mente una lluvia de preguntas y cuestionamientos: “¿Por qué Dios lo permite? ¿Por qué no lo sana?”. Pero “Dios sigue siendo soberano”, me respondí a mí mismo. Al pensar en el sufrimiento, me pregunto: “¿Quiénes somos nosotros para que no nos pasen cosas malas?” “¿Sabremos de Dios sólo recibir lo bueno…?”

No sé cómo concluirá la historia de Aníbal, pero sí sé que Dios (y su paz así me lo hace sentir) tiene la última palabra. Nada está hecho ni dicho, sino hasta que Él lo permita. Por lo pronto, nuestro DEBER como hijos suyos es llevar su presencia a todos. Y por esto seremos juzgados, según Mateo 25 en “el juicio a las naciones”. No quisiera tener, en aquel gran día, semejante deuda en mi haber.


Por: Jorge Luis Zárate.

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